Disintegration

New Orleans.

Por tantos años esta pequeña ciudad era mi lugar de ensueño, el que conocía a la perfección si haber estado ahí jamás, anhelaba sus calles, la brisa húmeda, el verde grisaseo del Mississippi, la música que colma cada espacio por donde pasan los transeuntes, el misterio de sus casas, las particulares terrazas, sus historias, la calidez y vivacidad de su gente y su palpitante festividad.

Desde que divisé los pantanos antes de aterrizar sentí un vuelco al corazón sin precedentes, aquello era señal de que estaba donde había anhelado estar durante tantos años, dónde soñé por tanto tiempo deambular. El cielo fue gris durante casi toda mi estancia, excepto el día en el que el tren partió, aquel día era azul y completamente despejado, como una hermosa despedida.

Jamás olvidaré la sensación que tuve en cuanto alcancé Canal St., en ese momento me di cuenta de que la ciudad no era como me la imaginaba, desde que cruzaba Metairie para alcanzar Downtown fue notable que la modernidad inminentemente se había metido hasta las entrañas de la ciudad que tanto soñé, pero no logró engullirla. Al principio me asustó un poco, yo esperaba escuchar jazz y blues de cada acera de sus calles, pero no fue hasta que alcancé Riverwalk que un festival de blues calmó mi ansia y apagó mi miedo de que las cosas fueran totalmente diferentes.

Y la lluvia caía suavemente pero con determinación sobre todos aquellos que se disponía, como yo, a disfrutar del desfile de carros alegóricos preciosos del Mardi Gras, y digo preciosos por que eran de ensueño, con sus arreglos en colores difuminados pastel y sus luces brillantes que avivaban los detalles y enaltecían la festividad casi pura de la ciudad, una mezcla de acentos anglosajones anunciaban la proximidad de las caravanas y de pronto las bandas de guerra llenaban de estruendosa y contagiosa música Canal Street. Los collares llovían con más agudeza que el agua que caía del cielo y sus destellos centelleaban bajo la luz del alumbrado público.

No hay nada como caminar por la noche entre las calles del French Quarter, bajo la mortecina luz de las lámparas y sus peculiares balcones de hierro, todos adornados en morado, verde y dorado. Máscaras, collares, disfraces, daiquiris por doquier, la música de los intrépidos inhundaba las caminatas, acompañadas de los murmullos de los tours y el estruendo de la fiesta en Bourbon Street. Tantas historias rebosantes de misterio embelesan los paseos por cada una de sus históricas calles.

Garden District. Sus residencias, mansiones y acojedoras casas de ensueño, los árboles y las aceras y las calles estrechas, las rejas de latón y los interminables porches, cómo me gustaría pasar una tarde sentada en uno de esos porches mirándolo todo desde ahí. Encontré la casa que tanto soñé durante mi adolescencia, la que está en la esquina de Chestnut St. y First St. majestuosa se levantaba detrás de un enorme árbol con crecimiento irregular, profunda y rebosante de plantas y un rosal, podría ver entre su jardín la pequeña alberca que sólo podía imaginar, y el porche, el porche, precioso. Descubrí otras partes de la casa que no recordaba o que decidió reservarse la autora, pero mi emoción era incontenible. Unas cuadras después encontré Lafayette Cementery No.1, el lugar de descanso de Lestat y de tantas bellas y trágicas historias.

No te puedes ir de ahí sin recorrer el Mississippi en uno de sus paddlewheelers. The Creole Queen, un hermoso Ferry, en el que un trío de jazz amenizó la cena y el paisaje que nos brindaban las luces del Riverwalk, Warehouse District y French Quarter.

En realidad no hay calle que haya recorrido en New Orleans que no albergue historias, sensaciones y olores inolvidables, un pedazo de mi ser se quedo en esta, la ciudad del jazz, del misterio, del Mardi Gras, the Crescent City. No puedo esperar a regresar.

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